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Notas de opinión

25 años del Consejo Escolar de Catalunya

 

El pasado 20 de diciembre tuve el honor de dirigirme a los miembros y exmiembros del Consell Escolar de Catalunya con motivo de la conmemoración del 25 aniversario de dicho Consejo. Este acto se realizó en la sede de la Generalitat de Catalunya y fue presidido por el M.H. President de la Generalitat, Sr. Artur Mas, y la H. Consellera d’Ensenyament, Sra. Irene Rigau. Lo que sigue a continuación es la versión escrita de mi discurso, centrado en la participación y el papel del Consell Escolar de Catalunya. Los enlaces [discurso] y [vídeo] remiten a la versión original de mi intervención en lengua catalana y al registro completo en vídeo de dicho acto.

 

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Como acabamos de escuchar de voces muy autorizadas, el Consell Escolar de Catalunya tiene bien acreditada una meritoria hoja de servicios a la educación de nuestro país. Como ha bien dicho la consejera, el Consell es una demostración palpable de nuestra contínua voluntad de participación social en la política educativa. 

La conmemoración de la labor que ha realizado a lo largo de veinte y cinco años adquiere pleno sentido cuando la situamos en el marco de las tres décadas de nuestro autogobierno. Este es un período que los que estamos aquí hemos vivido de manera intensa. Nos reconocemos en los orígenes y en nuestra propia historia y, al mismo tiempo, es forzoso constatar que los años no pasan en vano, que han cambiado muchas cosas y ahora el mundo es diferente.

Estamos en una era diferente por el movimiento global de información, bienes y personas, muy superiores a los de un cuarto de siglo atrás. Estamos en una era diferente para unos avances tecnológicos extraordinarios que han modificado en poco tiempo la manera de ubicarnos y de operar en el mundo. Estamos en una era diferente por la gran influencia de hechos y decisiones externas en nuestras vidas y nuestra economía y también por el alcance de las interconexiones y la escala mundial de las crisis ─y también de las oportunidades. Los cambios de las últimas décadas son tan sustanciales que para describirlos y comprenderlos hemos tenido que crear conceptos nuevos, como "modernidad líquida", "sociedad del conocimiento", "tiempo postnormal" o "sociedad del riesgo". Seamos conscientes o no, ahora educamos para unos tiempos globales.

Ningún ámbito parece escaparse de la complejidad y la incertidumbre de nuestro tiempo; la educación familiar y escolar de niños y jóvenes no es la excepción. La juventud percibe inseguridad, desconfianza y contradicciones. Todo ello no hace sino dar más valor y urgencia a las misiones esenciales de la educación de desarrollar las capacidades de los niños y jóvenes, de generar en ellos entusiasmo sobre el potencial del espíritu humano, de celebrar el valor de la vida y de prepararse para participar activamente en la sociedad.

Esto, educar hoy, se debe hacer reconociendo que los tiempos han cambiado y que nos tenemos que mover por espacios inexplorados, lejos de antiguas certezas. Para hacerlo, necesitamos más que nunca poner en juego valores antiguos y potentes como la audacia, la determinación y la generosidad, así como la sinceridad y la humildad. Desde la humildad, permítanme unas breves reflexiones sobre la educación en nuestra sociedad hipercompleja.

La reflexión que quiero hacer en primer lugar es tan necesaria como obligada: tenemos un sistema educativo estable y que proporciona un servicio de interés público de gran demanda y de alto valor añadido, aunque tenga limitaciones y algunas disfunciones. Este sistema, consolidado sobre valores y visiones de la etapa final del siglo pasado, es un patrimonio de valor inconmensurable que hay que preservar y potenciar, conjugando a la vez la estabilidad ─que es irrenunciable en términos pedagógicos, sociales y políticos─ con un  dinamismo renovado y no menos imprescindible.

Si pensando en el futuro hace un momento he mencionado los procesos globales que sacuden nuestro mundo es para señalar que, como no podría ser de otro modo, también afectan y afectarán la educación de maneras muy concretas y directas. Un proceso muy potente y en pleno desarrollo, entre otros que no puedo mencionar ahora, es el cambio radical del entorno infocomunicativo, con su sobrecarga de fuentes de información, de canales de comunicación y de estímulos sensoriales.

La naturaleza digital de la información ha afectado a la tradicional estabilidad de los contenidos escolares: el texto muta en hipertexto y enlaza con la imagen multimedia y con reclamos de interacción. La capacidad de crear y tratar digitalmente la información diluye las autoridades y convierte en inestable y fugaz lo que antes era estable y seguro. A ello se añade que, hasta hace muy poco, el libro y la palabra del maestro eran las fuentes primordiales de información y de acceso al conocimiento. Sus propuestas conducían al progreso del individuo, primero dentro del sistema escolar y después fuera del mismo.

Hace sólo cinco lustros, en la época de creación del Consell, una parte sustancial del poder del profesorado residía en la administración, casi en exclusiva, los flujos de información. La pérdida de este monopolio, con la consiguiente fractura de un eje estructural de la función docente del siglo XX, no tiene vuelta atrás.

Sin embargo, y esta es una segunda reflexión que quisiera compartir con ustedes, no lo tendríamos que lamentar porque el profesorado lo puede compensar, con ventaja, cuando espolea el alumno y lo orienta con sabiduría, cuando exige y pone altas expectativas en cada estudiante y, también, cuando coordina la participación de todos y cada uno en las múltiples actividades que tienen lugar en el centro educativo.

Del aparente callejón sin salida educativo en el que nos ha puesto nuestro tiempo, saldremos ganando si ─con convicción e intensidad renovadas─ somos capaces de invitar a los jóvenes a hablar, expresarse, esforzarse y participar. La pasividad no es admisible. El gran reto de futuro, a mi entender, es implicar a todo el alumnado en la cultura del esfuerzo y de la participación, y hacerlo con el convencimiento de que no van por separado, que son las dos y indisociables caras de la misma moneda.

Además, tenemos que actuar sabiendo que mientras la interactividad es una propiedad intrínseca de la tecnología, la participación es un atributo de la cultura. La participación es una propiedad de orden superior, pero no es gratis ni automática sino que hay que quererla y cultivarla. A la educación le corresponde articular esta conexión, convertir interactividad y comunicación en participación y aprendizajes significativos, sistemáticos y comprometidos con las personas y con el mundo actual.

El viaje de la interactividad a la participación, de la tecnología a la cultura, debe situarse en el contexto de una transición social más amplia actualmente en curso. Me refiero al paso de una cultura proyectada ─en la que sólo unos pocos tenían el poder o el privilegio de dirigirse a muchos a través de medios de un solo sentido─ a una cultura participativa, de muchos a muchos, que se construye a base de iniciativa personal y de conocimiento, de esfuerzo y de colaboración, que requiere querer y saber aprovechar las extraordinarias herramientas de exploración, de expresión y de comunicación que tenemos al alcance.

Los jóvenes quieren protagonismo, elección y afirmación ─siempre ha sido así, pero nunca antes habían disfrutado de las posibilidades y los estímulos de ahora. Además, aunque quizás no lo expresen, también necesitan pertenencia, conexión y apoyo personal, cuestiones que esencialmente corresponden a las familias y el profesorado.

La síntesis de lo que quieren y lo que la educación les ha de dar se encuentra, en mi entender, en la vocación de situar al alumno en el espacio y el tiempo, de hacerlo hablar, de estimularlo a participar y de ayudarlo a contribuir, porque son acciones que hacen crecer la percepción y el conocimiento de uno mismo y, por tanto, regulan el pensamiento y el comportamiento. Dar voz desarrolla la capacidad y las ganas de aprender, y también incentiva la responsabilidad y la proyección hacia la sociedad. Esto es fundamental para la construcción de una sociedad participativa, uno de los asuntos clave del nuestro tiempo. En esta construcción tienen un papel fundamental las familias, el profesorado, los centros educativos y en general toda la comunidad educativa. De esta construcción el Consell Escolar Catalunya ha sido, es y más que nunca debe ser motor y ejemplo.

 

Como muchos de ustedes saben, hace poco tiempo, sólo medio año, que tuve el honor y la satisfacción de asumir la presidencia del Consell Escolar de Catalunya. Les adelanto que lo que he aprendido me ha hecho valorar mucho  lo que tenemos en nuestro país, el acierto de la legislación que establece las funciones y le confiere estabilidad y dinamismo. Como a veces damos por supuesto lo que tenemos y no lo valoramos lo suficiente, permitanme resaltar algunos rasgos característicos.

Ustedes saben que la Administración educativa debe consultar al Consejo en asuntos normativos. Podría parecer que es así en todas partes, pero no es este el caso. Hay países con consejos escolares carentes de función consultiva y que se limitan a hacer debates y estudios. En otros lugares el consejo sólo se consulta en ocasión de grandes reformas o asuntos muy importantes, lo que convierte en esporádico su potencial de contribuir.

También hay consejos escolares que, si bien no es preceptivo que sean consultados, cuando lo son su opinión es vinculante. Entonces se les trasladan medidas controvertidas o asuntos en que el gobierno prefiere delegar la responsabilidad. En este tipo de consejos el riesgo de polarización y de fractura interna es elevado.

Hay consejos escolares con miembros de la administración y hay consejos que carecen de esta representación. Si bien este último caso puede dar una sensación de independencia, en la práctica puede verter el consejo a la marginalidad, sobre todo en sistemas educativos con altos niveles de reglamentación. Que un consejo incorpore representantes de la administración no resta independencia a los otros sectores y al mismo tiempo posibilita intercambios más realistas entre todos los agentes implicados.

A diferencia del nuestro, hay consejos formados sobre todo por expertos, lo que puede favorecer el rigor técnico. Pero entonces presentan un déficit de representatividad y no son del todo idóneos para recoger las demandas y las aportaciones de la sociedad o para transmitir, de retorno, sus planteamientos y conclusiones.

En contraposición a estas diversas configuraciones, el Consejo Escolar de Catalunya debe ser informado, tiene la obligación de comprometerse y dictaminar y también tiene derecho a la iniciativa, a debatir y hacer propuestas. Asimismo, el Consejo tiene un alto perfil social y representativo porque lo integran muchas comunidades que aportan sus puntos de vista, intereses y perspectivas. Así, en lugar de constituirse como un consejo de especialistas, se nutre de las múltiples pericias que le aportan sus miembros.

Hablando de experiencia ─y de estabilidad─ es de justicia mencionar la Secretaría del Consejo, que cuenta con un personal dedicado y competente, que preserva el conocimiento y contribuye a crear nuevo. Esto lo he bien comprobado en el tiempo que llevo de presidente y estoy convencido de que todos ustedes coincidirán con mi apreciación.

En definitiva, el Consell Escolar de Catalunya tiene la estabilidad y la independencia que le da su múltiple dependencia, el hecho de incorporar y tener representadas fuentes muy diversas de autoridad. Por eso pienso que está bien preparado para contribuir a los cambios que el nuestro tiempo reclama y, al mismo tiempo, para dar un excelente ejemplo de participación y de servicio a la comunidad educativa y en general a toda la sociedad.

No lo digo con complacencia. En el camino que tenemos por delante debemos ser exigentes con nosotros mismos y debemos preocuparnos por la nuestra propia relevancia, cuidando al máximo el interés, la madurez y la diseminación de nuestra propia producción. Debemos valorar más el impacto positivo a largo plazo que la repercusión y el efecto inmediato. Tenemos que comunicar y celebrar el éxito propio y ajeno. Tenemos que poner elevadas expectativas sobre nosotros mismos en asuntos como introducir valores en los debates, ensanchar las posiciones comunes y procurar la comprensión entre diferentes actores. Debemos promover la reflexión, el aprendizaje y la creación de conocimiento.

También debemos reforzar la visión internacional y la cooperación para profundizar en perspectivas de futuro y mejorar nuestra capacidad de actuar. A pesar de las incertidumbres y las complejidades de nuestra época tenemos que querer ir más allá aprovechando que, dentro de los términos establece la ley, nosotros marcamos nuestros propios límites.

 

Hablando de superar las dificultades de nuestros tiempos y a la vez de conservar una rica cultura, hace unos meses que en este mismo Salón Sant Jordi el escritor Haruki Murakami, XXIII Premio Internacional Catalunya, decía que "debemos ser unos soñadores poco realistas que avancen con paso firme", que "no debemos tener miedo de soñar".

El mensaje de Murakami es una invitación a abrirnos, a pesar de que el mundo quizás vaya más rápido de lo que pueden abarcar nuestros conceptos y emociones. Debemos aprovechar lo mejor de nuestras ideas e instituciones y a su vez trabajar para transformarlas. Debemos evolucionar y lo tenemos que hacer sin perder el rumbo ni la estabilidad.

Esta empresa colectiva sólo podrá tener éxito si en el hogar, en la escuela y a la sociedad celebramos el saber y el esfuerzo, si potenciamos la reflexión y la conversación, si estimulamos la acción y la cooperación, si a todos los niveles nos dedicamos a construir una cultura participativa. El trabajo firme y tenaz de todos los agentes del sistema educativo debe estar guiado por el espíritu de apertura y de participación y por la voluntad de ir más allá.

Este es un viaje difícil y meritorio, necesario e inevitable, para el que no tenemos mapas. Pero esto no nos debería preocupar porque no disponer de mapas es en realidad una buena noticia: todos estamos invitados a cartografiar el futuro de nuestra educación y en el Consell Escolar Catalunya tenemos un instrumento excepcional.

Que sea por muchos años.

Muchas gracias.

 

Ferran Ruiz Tarragó

Presidente del Consell Escolar de Catalunya

Barcelona, ​​20 de diciembre de 2011

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1 comentario

Raimundo -

"El mapa no es el territorio".Espero que estés disfrutando en tu nueva labor.Un cariñoso saludo.
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